Statement

Statetment

©Pablolecroisey

Tomás Moro tuvo un sueño, plasmado en su famoso libro “Libellus… De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae”. Soñó con una sociedad ideal, donde imperaba el sentido común y el bienestar. 502 años después de la publicación del libro de Moro, hay muchas similitudes en las sociedades contemporáneas en sintonía con sus ideales.

Los humanos somos, que sepamos, los únicos seres vivos capaces de modificar nuestro entorno natural a través del pensamiento abstracto. Es increíble lo que podemos conseguir, solo hay que dar una breve ojeada a nuestro alrededor para percibir la asombrosa capacidad, a esa habilidad la llamamos imaginación.  El único requisito previo para crear algo diferente es que primero haya sido imaginado.

¡Sólo hace falta una sola persona, para que una idea albergada en su mente, tenga la posibilidad de convertirse en realidad!.

El arte como disciplina en esto de la creación, ya sea estimulando la imaginación o facilitando soportes para el desarrollo de realidades no tiene parangón. Es una herramienta imprescindible e inestimable que el ser humano necesita en su desarrollo, merece todos los esfuerzos y estudios que en ella se puedan volcar, al ser un condicionante directo de las realidades que podemos y vamos a crear, así como nuestra integración en las mismas.

Hay varios aspectos que como artista me interesa investigar y si es posible desarrollar a lo largo de mi carrera. Uno de ellos es la relación que mantienen emisor y receptor dentro de la experiencia estética.

Gran parte de los desarrollos intelectuales del campo de la estética se centran en el productor de la obra y el público receptor como dos entes independientes imposibles de reconciliar, si a esto le sumamos que nuestra principal relación con el arte es a través del espectáculo, los marcos de acción de las manifestaciones artísticas se van reduciendo y condicionando considerablemente. También su capacidad para generar alternativas para un sano desarrollo social.

El arte y la estética, prácticamente han quedado reducidos a la perspectiva de consumo de producto y servicio de la industria cultural, el denominado capitalismo cultural. Es muy difícil salir de esta rueda en la que prácticamente todo lo social se está sumiendo a un ritmo vertiginoso, especialmente en un arte en el que se sigue incidiendo en la dicotomía de forma y concepto. Concepto que basado en el mero goce intelectual está derivando en una especie de neo-manierismo, que no hace sino aumentar la brecha social entre los capacitados para su disfrute estético y los que no. Si a esto le sumamos en muchos casos su cuestionable codificación semiótica, en una anamorfosis que posibilite su consumo masivo por parte del espectador casual en las plataformas de consumo cultural, nos encontramos con que una estupenda idea, capaz de generar realidad, queda reducida a un producto de escasa calidad nutritiva que ha perdido en su mayoría, por no decir completamente, su capacidad de generar cultura, sociedad, bienestar y progreso sostenible, salvo desde una perspectiva puramente económica.

Así mismo con estas prácticas, se pierde en muchos casos la tranquilidad existencial que provoca el saberse trascender por medio del goce estético. La economía como fin último, es hoy en día un verdadero problema para la supervivencia de la mayoría de los organismos vivos de este planeta.

La forma a su vez, sin dejar de ser un buen canal de comunicación pese a la brecha semiótica que presentan las diferencias culturales, incluso después de los grandes esfuerzos y avances por dotarnos de una cultura universal y accesible, continúa albergando los clásicos problemas que plantea la infranqueable barrera material que la materia presenta y adolece del estrés al que se la somete por la necesidad contemporánea de la novedad, lo nuevo como única posibilidad y garantía, característico de las sociedades industriales y post-industriales.

¿Qué hacer ante esta perspectiva? No conozco la respuesta, pero está claro que hay que experimentar, buscar alternativas y sobre todo jugar, no se nos puede olvidar la capacidad del juego como estrategia, puesto que nunca mejor dicho, nos va la vida en ello.

¿El fin justifica los medios?. Creo que no, ya que considero que el propio medio es un fin en sí.

Con esta reflexión en mi cabeza y analizando la práctica artística he ido observando, primero de forma intuitiva, posteriormente apoyado con la teórica y la práctica. Que el punto que une el concepto y la forma, el proceso o procesos con los que damos forma a una idea o concepto, es donde se nos abre la puerta de un interesante mundo de posibilidades que no encontramos en las otras dos partes de la estructura artística. Evidentemente el proceso si es y ha sido muy tenido en cuenta a la hora de legitimar la práctica artística, como atestiguan la palabras del célebre crítico Harold Rosenberg que nos dice con respecto al expresionismo abstracto: …[el proceso ya no es el medio, sino el objetivo, y una vez acabado, el cuadro no es más que la huella, el documento de esa realidad, de ese momento, de esa vida. El cuadro se convierte en una arena (un ruedo) sobre la que actuar]…(1). Pero considero que a través de la estática o semiestática posición que se le adjudica al receptor artístico como mero espectador, provocada en su mayoría por los filtros que hay que aplicar a la práctica artística para que pueda ser incluida en las plataformas de consumo masivo de arte y entre a formar parte del circuito del capitalismo cultural, están condicionando y limitando la capacidad estética que se encuentra y se puede generar en el proceso de una obra de arte.

En mi trabajo propongo, románticamente, la propia vida como forma artística y siguiendo el discurso de Rosenberg, expandir las limitaciones del lienzo por el propio paisaje. Cualquier paisaje en el que un ser humano se pueda desarrollar, ya sea un entorno natural o urbano, acotado eso sí, por la perspectiva cónica que me proporcione la óptica de una lente fotográfica.

Propiciando formas diferentes de encuentro con el espacio, dándole una nueva significación al conjunto, hacer posible una diversa y onírica realidad con lo ya establecido. Siempre en compañía, subjetividad y espacio se compartirán con otros artífices a los que invitaré a participar en forma de juego. Juego sin fin último, para que tengan cabida las tesis de Kant sobre el disfrute desinteresado y poder experimentar con ellas (Permitiendo la experiencia estética a priori, e intentando no condicionar la posibilidad de que gracias al azar, pueda surgir algo nuevo inherente a su propia naturaleza y las limitaciones de la razón humana no hayan podido prever. Como muy bien apuntaba el filósofo, ¿cuál es el papel de la estética más que para crear comunidad?), pero articulado por unas reglas básicas extraídas de la ética y la moral. Consciente de lo delicado que puede ser su uso, sobre todo su mal uso, intentaré sin olvidar que estamos jugando, ceñirme únicamente al respeto y no juicio sobre los individuos con los que convivo, la prudencia en mi acercamiento para no generar en ellos sentimientos de miedo o rechazo, así como intentar, en la medida en que pueda, que desarrollen sensaciones positivas como pueden ser: la alegría, sorpresa, emoción, pertenencia, autoafirmación, superación personal, etc. Por otro lado, nuestra relación no se articulará por medio de la clase social, el estatus, el género o la etnia. Tampoco haremos ensayos previos, partiremos de una idea o un tema, el azar y la improvisación en el resultado final serán determinantes.

Al final esa vivencia que compartamos en ese espacio acotado, esa nueva realidad que generemos, la documentare por medio de la fotografía digital, que me permitirá recoger ondas del espectro electromagnético que la luz o el sol esté emitiendo en ese momento y rebotadas entren en la cámara. Esta las traducirá a lenguaje binario, lenguaje capaz de traducir esa información y almacenarla en dispositivos electrónicos, así como modificarla y transformarla en diferentes soportes físicos. Generando una pieza formal a modo de fotografía clásica o revertir el proceso traduciendo esa información de nuevo a ondas electromagnéticas, susceptibles de ser enviadas a otra posición geográfica o incluso lanzarlas a millones de kilómetros de distancia a través del universo, generando de esta forma, el único vestigio artístico que se ha desarrollado íntegramente en el transcurso del siglo XX.

Soy consciente que para que esas capacidades estéticas puedan darse en el proceso, o explorar otras nuevas que tengan un impacto positivo en la existencia, hay una serie de condicionantes y limitaciones que se deben de cumplir. En estas líneas no es posible dar una perspectiva amplia, así como efectuar un análisis pormenorizado de estas afirmaciones como de sus posibles errores y contradicciones. Esto es sólo el principio de la esperanza por encontrar un camino prometedor.

(1) Medio siglo de arte. Últimas tendencias, 1955-2005 (Javier Maderuelo[ed]. Editorial Abada Editores, pp. 13.

© Pablo Lecroisey 2018